
En las entrañas de la dominicanidad: Paradigmas de Juan María Almonte y León David

Obra “Zafra” a cargo del Ballet Folklórico Nacional Dominicano (FENATE)
"El teatro dominicano no debe ser un calco de ningún otro teatro del mundo". Así inicia el paradigma de Juan María Almonte. Si bien es cierto que el arte de la interpretación nació en Grecia, su evolución a lo largo del tiempo lo ha convertido en un arte universal, profundo y exigente, capaz de envolver esta humilde isla con su esplendor y satisfacer el alma de quien lo consume. Tal como lo explica Chiqui Vicioso, "El teatro nos enseña que el cuerpo es un instrumento tan poderoso del decir, un diccionario tan completo, que su silencio puede adquirir el vuelo de la bandera, el poder de la consigna, la fuerza de lo no dicho o dicho a fuerza de las lágrimas, risas, abrazos o la danza".
El teatro es el medio supremo a través del cual podemos expresar sentimientos y poner de manifiesto problemas sociales y culturales. Por eso, es el motor por excelencia para mover masas y crear conciencia. Así que, empatizo con Juan María cuando dice que "Debemos abrazar lo nuestro, proyectar nuestro humor, nuestra historia, nuestros mitos, nuestras luchas y nuestros anhelos", porque de esto dependerá la evolución de nuestro teatro.
Aunque sí es cierto que, para poder cambiar el teatro, debemos conocer la historia de este y las diferentes técnicas y estéticas que han influido en su crecimiento, o expresado en palabras de León David "nutrirnos de los estímulos que nos ofrece el teatro universal", también es cierto que, para hacer un teatro de calidad, digno y levantado, no debemos cerrar los ojos a las distintas manifestaciones teatrales que han surgido en nuestra isla, cargadas, claro está, de influencias externas pero alimentadas de nuestro folklore.
Enraizar en el fértil terreno de la cultura popular dominicana y caribeña, trillar nuestro propio camino y subir a la escena los valores de nuestra identidad. Estos deben ser los objetivos en nuestros caminos hacia el teatro. Tal como destaca Villalona, "La búsqueda de nuestras raíces para encontrar el verdadero héroe escénico nacional". ¿Por qué buscar en otras tierras lo que abunda en la nuestra? ¿Por qué empeñarnos en cambiar nuestro ser? ¿Acaso ser dominicano es algo que debería avergonzarme? ¿Para subir a las tablas debo quitar el velo de mi dominicanidad y adoptar el de una cultura que no me pertenece? Estas son las preguntas que me hago a la hora de leer el paradigma de León David, donde pone de manifiesto que le parece desacertado y poco útil empeñarnos en querer ser lo que ya somos. Y todavía más desatinado pretender imponer una norma o pauta estética de dominicanidad.
Pero ¿qué tiene de malo descubrir el trasfondo de un principito dominicano, indagar en la historia de un Pinocho isleño y darle un significado nuevo a la palabra mariposas? "Somos lo que somos porque nuestro discurrir como colectividad humana y como nación ha conocido momentos históricos muy específicos, tanto internos como externos. Cuantificarlos no es tarea exclusiva de historiadores, sino, por supuesto, de investigadores sociales en sentido general y, claro, de artistas consagrados a la búsqueda de formas expresivas sustentadas en hechos relacionados con nuestro desarrollo social, pues en cada uno de ellos hay un resultado estético que debemos conocer para reencontrarnos con una estética que nos represente". Así lo expresa Haffe Serulle en su paradigma.
Aferrémonos a la verdad de nuestras historias o a las verdades internas que nos pertenecen como creadores de teatro, para transformar nuestras verdades literales en símbolos capaces de penetrar la corteza de nuestro público y lograr un despertar espiritual, intelectual y emocional. Waddys Jáquez lo explica de la siguiente manera, "La verdad, medicina necesaria para enfrentarnos y reencontrarnos como creadores, y digo verdad, porque partiendo desde ella, entonces encontraremos la forma de crear el artificio, el circo, la magia, la forma, que sin la verdad no es más que eso, forma".
Tengo fe en un teatro dominicano, cargado de verdad, cargado de símbolos, cargado de valores, de historias, de folklore y de experiencias transformadoras, en mensajes que llamen al espectador a crear una conciencia crítica sobre sus condiciones personales y sociales.
Yo defiendo un teatro de calidad, lleno de vida y sensibilidad. Tal como lo expresa María Castillo, "Quiero ver una factura, una concepción de la puesta en escena, donde todos los elementos estén cohesionados bajo un criterio de profesionalidad incuestionable, independientemente de que el estilo se base en la palabra, en la imagen, o en ambas cosas a la vez. Quiero percibir en el trabajo teatral un sentido de oficio". Y estoy segura de que todo esto lo puedo encontrar en mi Quisqueya.