
Acumulada: una escalada introspectiva a montañas emocionales

Presentación de ''Acumulada'' en la Sala Ravelo del Teatro Nacional
Ficha técnica
Producción: Josué Hirujo
Dramaturgia: Clara Morel
Dirección: Ingrid Luciano
Actuaciones: Wendy Alba, Paloma Palacios y Clara Morel
Presentada: Sala Ravelo, Teatro Nacional Eduardo Brito
Fechas: Del 15 al 17 de marzo de 2024
Marco: Tercera temporada de teatro Banreservas
El espacio escénico está presidido por un montículo de ropa. Uno que recuerda a la “Venus de los trapos” (Michelangelo Pistoletto, 1967), representante del arte Povera. Dos banquetas, luces azules de centro, música de “ascensor” a piano y sugerencias simbólicas (invisibles de momento) que parecen deambular. Esa es la punta de lanza escenográfica de “Acumulada”, una pieza enmarcada en la Tercera Temporada de Teatro Banreservas.
En la escena aparece Máxima (Wendy Alba) en un jumpsuit terracota acorde a la aventura que le toca emprender. Mochila a cuestas, en un guiño a Dora la exploradora, revela su discurso al público como lanza al ristre, bañada por una luz cenital.
Ella está de ESPALDAS A LA MONTAÑA TEXTIL, a ese gigante “elefante blanco” que en su momento ya no podrá ignorar más. Todo detrás ella y de su “monstruo” permanece a oscuras.
Máxima hace alardes de su “apartamento sin área de lavado”, de su carro “que no prende los lunes”, del llavero de “pompones” del que se ha hecho para mimetizarse con el colectivo, de su falta de individualidad, de su desidia, pero sobre todo de ese peso vital, existencial que carga. Un montón de “basura emocional” que se ha ido acumulando silentemente (¿o quizá a voluntad?) y que la orillan al límite.
Así nos atrapa a la primera, “Acumulada”, con una mirada poética y punzante a la cotidianidad femenina, a los desafíos, las imposiciones sociales, los miedos, las dependencias y la necesidad de manuales de uso en un mundo difuso, dual, de algoritmos que estimulan la mirada hacia afuera.
El personaje de Máxima pareciera hablar desde la urgencia de su “niña interior”, y en un intento de reconciliarse con ella se enfoca (u obsesiona) en “el hoy voy a cambiar, sacar a luz mi coraje”, con una voluntad férrea que le escasea. Y ese “voy por más” que está más lleno de miedo que de determinación.
Máxima no está sola. “Hay que darse el permiso de sentir”, le grita su amiga Zenda (Paloma Palacios), que entra al escenario vestida a juego con ella, sosteniendo un hamper, cual escudo, cual arma. A partir de aquí, la pieza propone cuestionar el concepto de la “amistad”, como ese “sano vínculo” lleno de matices que van desde el abuso, la desaprobación y la culpa que generan “los que más te quieren”.
Ambas honran a Chantala, una especie de guía espiritual, camino último y único para trascender, “trasmutar la energía” y para acceder a ese “encuentro con el interior”, a esa elevación, matizada por el mercantilismo de cuestionables cursos definitivos para la “salvación” de las almas.
Entonces, en medio de esa conciencia de que “para elevarse hay que caer”, sale a escena Norma (Clara Morel), vestida casi igual que sus amigas. Ella cree firmemente en que es necesario “fortalecer el carácter como espada forjada en el fuego”, porque también es devota de la “semidios” Chantala. De repente, las tres se mimetizan, ataviadas por la paleta cromática que designa a los monjes tibetanos. Un guiño tan risible como simbólico.
Esta triada de personajes, curiosamente mística, expresará todas las urgencias, perturbaciones, desorientaciones, y pondrá de relieve con sus acciones cómo el cambio y el camino a la fe cuesta.
Las actrices juegan al triángulo perfecto en las tablas. En un entramado tejido dramático se reparten las reflexiones, los chistes negros y las intenciones que evidencian una compenetración escénica ágil, dinámica, divertida y estelar.
Máxima está “perdida”, ansiosa, con una salud mental tambaleante y sus amigas buscan “ayudarla” a emprender ese camino, sin una dirección clara, casi autómata, cuando se desplazan de un lado a otro sobre el escenario, compitiendo reñidamente, con una rotunda presencia escénica, para la atención del público.
La dramaturgia aborda en clave de humor el existencialismo femenino, los sueños que se velan, el paso de lo implacable y cómo todos esos incontrolables terminan por conducirnos a rutinas y hábitos que no son sanos.
¿Por qué le cuesta creer a Máxima: ¿en ella, en el mundo, en la posibilidad de cambio? ¿Por qué se resiste a ese campamento de sanación? ¿Por qué tiene miedo? ¿Por qué ella anhela “caer en coma para descansar”? Los parlamentos multiplican las preguntas, las interrogantes existencialistas, las deducciones individuales y la empatía con los personajes.
Bajo una luz azul las actrices reflexionan, se componen simbólicamente con el cuerpo, todo como analogía a esos cúmulos personales que nos habitan. Los que se esconden o los que se hacen obvios como en el caso de Máxima, que ha devenido en acumuladora de ropa: “Todo empezó cuando puse una blusa en una silla…”, y el resto terminó en una montaña de apegos textiles, piezas que no le ajustan, pero de las que le cuesta desprenderse. Apegos materiales, que tienen explicación en su psique.
El conflicto va en in crescendo cuando sus amigas la disuaden de “sacar, clasificar, dar”, un discurso muy a lo Marie Kondo, la consultora del orden y la organización japonesa, que propone librarse de lo que ya no nos sirve.
Pero la dependencia a papeles viejos, cintas de VHS, ropa y la tendencia a procrastinar de la protagonista está muy unida a la necesidad de llenar huecos, anclarse al pasado y aferrarse a objetos materiales como tabla de salvación inconsciente.
Las “amigas” de Máxima empiezan a hacer volar la ropa por los aires, hacia el público y todo el escenario se cubre. Aquí todo se compone de movimientos que por simbólicos redundan en estética coreografiada (en esa estética de actos cotidianos y mecánicos que pocas veces advertimos), mientras escarban entre “las miserias” de Máxima, sus perfumes vencidos, los documentos para aplicar a la maestría…
Y en un momento estelar remarcado por una luz cenital los cuerpos de las actrices se forman uno detrás del otro en una danza de brazos que aluden a la deidad hindú Shiva, para poetizar en torno al gran dilema cotidiano: “¿Qué me pongo hoy?” Una rutina que propone incertidumbres en la que surgen cuestionantes como: “Dónde se fue esa mujer a la que todo le servía”.
Pero las lealtades hacia la ropa y sus soluciones emergen. Y aparece Becky, esa pieza emblema, esa prenda estelar del guardarropa, ganadora de mil batallas cotidianas, esa a la que nos aferramos por su polivalencia: ideal para cumpleaños, bautizos, velorios… y demás actividades sociales que demanden decencia y presencia.
Esa blusa a la que Máxima llama Becky es su “aliada” y refugio, imposible desprenderse de la pieza, “después de todo lo que ha hecho” por ella. En la audiencia, todos parecían tener su propia versión de Becky por las risas de complicidad espontáneas.
Escalar la montaña de ropa parece más difícil que el Everest, desapegarse de una prenda de ropa parece más dramático que la pérdida de un hijo biológico. ¿Exageramos? La obra propone ahondar sobre nuestros propios apegos y esos resquicios rellenos de posibles “Beckys”. Espejos de los vacíos propios.
¿Es la felicidad un bien material? La propuesta ideológica de la obra es que todo el mundo acumula algo y que “el dolor es lo más humano”. Y que “aquí no hay ropa para tanta desnudez”.
Acumulada apunta a los cimientos de instituciones carcomidas e infuncionales: el matrimonio, los gobiernos… y hasta los padres que se van “y no se llevan la culpa”.
Desde la perspectiva técnica, Acumulada es una propuesta hermanada por signos que se corresponden y advierten en las luces, el vestuario, la música incidental de piano y el gran elemento escenográfico: la ropa, símbolo que otorga teatralidad, sentido y redondez a la ficción.
Máxima, Zenda y Norma parecen haber escalado con suerte la montaña de ropa, emblema inequívoco de sus propios desafíos. ¿Es entonces un final feliz? ¿Se puede? ¿Pueden las mujeres ser malabaristas vitales, pulpos del multitasking? ¿O se engañan? ¿El aprendizaje es que hay que trepar cimas emocionales para erigirse sobre el dolor?
No se sabe. Cada quien debe escarbar entre sus acumulaciones, decidir sobre sus apegos, confrontarse con el armario a diario y dilucidar si es feliz, o si les toca escalar las montañas de Máxima. Si es así, ¡Mucha suerte!
Chernichevski Reyes es periodista, analista de tendencias sociales y de estilos de vida. Es estudiante de término de la carrera de Teatro, mención actuación, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.