
El Actor: La realidad detrás de la escena

Interpretación de Mathías Albarracín en ''El Actor''
Dramaturgia: Mariano Solarich y Mathias Albarracín
Dirección: Mariano Solarich
Actuación: Mathias Albarracín
“Vos soy yo, yo soy vos ¿Quién me va a decir que esto es una farsa?”, una frase que se desprende del texto de la puesta en escena «El Actor». Obra que el grupo uruguayo Trashumancia presento el 01 y 02 de marzo del 2024 en Casa de Teatro, en la zona colonial. Una obra de teatro que nos sumerge en una serie de acontecimientos que nos lleva a descubrir la realidad que enfrenta el personaje que interpreta el reconocido actor uruguayo, Mathias Albarracín. El cual tras haber olvidado el texto en medio de la escena, se embarca en un viaje introspectivo y retrospectivo, narrando y escenificando los momentos claves en los que ha tenido que enfrentarse a las desventajas que implican ser actor, esa búsqueda interminable de responderse así mismo si está en el lugar correcto y si es así, ¿Por qué nunca parece ser suficiente? Se empieza a cuestionar el propósito de hacer teatro y de a quien dedicarlo, ¿Hacer un teatro santo o profano? ¿Un teatro con un sentido que busque la reflexión del espectador para generar la catarsis o un teatro superficial que solo busca el mero entretenimiento? ¿Dios o el Teatro?
Tales cuestionamientos son abordados en el texto dramático, cuya poética teatral no solo pretende ser una autobiografía, sino que también posee elementos de la corriente filosófica existencialista y la sátira. Una puesta en escena rica, llena de símbolos, humor, poesía y metáforas envueltas en lenguaje poético, además de emplear elementos teatrales como el uso de títeres. El personaje experimenta una profunda angustia y ansiedad ante la falta de sentido en su vida y la inevitable confrontación con la libertad y la responsabilidad de elegir su propio destino en busca de darle significado a su existencia.
En la producción actual, esta puesta en escena se sitúa fuera de los límites convencionales del teatro, puesto que la acción inicia antes de que el público ingrese a la sala. Al entrar vemos al actor pisoteando la tierra en un espacio apenas iluminado con focos de luz amarilla situados en los extremos del escenario, que no iluminan al actor, sino a la tierra y el techo; alegoría de la luz que ilumina el cielo, mientras él va de un extremo a otro soltando palabras como vagabundo que pelea con la nada. Al principio pueden parecer frases sin sentido pero que posteriormente van obteniendo significado. Desde este primer momento se empieza a cuestionar a la sociedad por la forma conformista en la que avanza; sin ver o hablar, solo limitándose a caminar sin cuestionar las órdenes que se les dan. “Siempre van a seguir caminando, porque al final nada tiene un principio y todo tiene un final”. Frase con la que el director Mariano Solarich crea esta imagen metafórica y marca el inicio de la obra.
La puesta en escena se basa en una representación del entierro de Ofelia, personaje que se ha suicidado en la obra teatral «Hamlet», escrita por William Shakespeare. Una reinterpretación donde se revela a dos sepultureros, interpretados por el mismo actor, que están cavando el lugar donde Ofelia será enterrada mientras ambos hablan de la causa de su muerte. Una escena satírica donde se apela al humor para poner de manifiesto la idea absurda de que pertenecer a una determinada religión nos hace inmunes a ciertos problemas o dilemas humanos, como el simple hecho de morirse. Posteriormente nos damos cuenta de que se trata de una escena en la que el actor está trabajando, al dar un giro inesperado, capturando por completo la atención del espectador cuando parece que el actor ha olvidado sus líneas.
“En la tierra está lo que fuimos, nuestra historia, nuestro pasado, de ahí venimos y también es lo que somos”. Detrás de este olvido, hay un silencio prolongado y el actor mira al público; quizás, con miedo o vergüenza, se aleja de la tierra. Aquella acción genera pánico en el espectador, quienes esperan expectantes por saber ¿Cómo va a continuar? ¿Se va? ¿Se queda? ¿Va a comenzar de nuevo?, y todos esos cuestionamientos nos llevan a la idea de que estamos frente a un amateur, despertando en los espectadores sentimientos como la empatía. Por supuesto, es una idea que está lejos de la realidad.
La tensión se alivia cuando el actor empieza a reírse y contagia a los espectadores, haciéndolos participes activos de la puesta en escena, al involucrar deliberadamente a los espectadores en el viaje de la montaña rusa de las emociones. Las luces del espejo del camerino se encienden con una luz tenue. Hay una luz en el extremo izquierdo que ilumina la cara del actor, la cual está llena de polvo, bien podría estar evocando su procedencia de la tierra o ser la máscara de los personajes de las historias que está por contar. Las luces terminan de encenderse iluminando por completo el espacio y al actor, pero no deja de ser una luz amarilla tenue.
La escenografía muestra en proscenio la tierra y al fondo el camerino, un lugar lúgubre y minimalista, como una catacumba, alusión a las galerías subterráneas que las antiguas civilizaciones mediterráneas utilizaban como lugar de enterramiento. Carece de decorados a excepción de un sofá, el espejo del camerino, un taburete, el ropero y una imagen de Jesús, la cual no está a la vista.
Se hace una introducción a la siguiente escena por medio de un casting, a partir de este momento el actor empieza a revelar sus miedos, contradicciones, penas y deseos. Utilizando un recurso poco visto en nuestra escena teatral local, el FLASHBACK. Siendo la escena de Caín y Abel, y no solo su primera actuación, sino una metáfora que escenifica las dificultades que enfrentamos en la vida y nuestra relación con Dios.
La narrativa bíblica presenta a Caín y Abel como dos hermanos cuyos sacrificios son evaluados por Dios de manera diferente. Caín, en un arranque de envidia y resentimiento hacia su hermano, comete el primer asesinato de la tierra al matar a Abel. Por segunda vez, el actor encarna más de un personaje, un anciano que presenta la obra, a Dios y a Caín. El actor utiliza una manta roja y un palo como bastón para personificar al anciano, comprometiendo su torso de manera encorvada; la manta toma forma de capa para el anciano pero para el momento en que personifica a Dios y a Caín, el actor la transforma en una prenda distinta. La escenografía evoluciona al convertir el sofá en una pared que divide el escenario del camerino, en un extremo se sitúa una silla con la imagen de Dios como espectador.
Uno de los momentos más interesantes es cuando el actor encarnando el personaje de Caín, tras burlarse de su hermano eufóricamente, de repente se da la vuelta extendiendo el brazo derecho de espaldas al público, hace silencio y las luces se apagan. La escena evoca esa frase que asocia la ausencia de la luz a una vida que se apaga cuando alguien muere. La acción es tan sutil que se necesita prestar toda la atención al dialogo que sigue después, de otro modo el espectador no lo entendería.
Al mismo tiempo es innegable como siendo Caín, se burla descaradamente de la presencia de Dios en medio de un acto tan atroz, dando paso a los siguientes cuestionamientos existenciales: la presencia o ausencia de Dios en los momentos importantes de su vida. “¿A qué jugás Dios? ¿Cuál es tu propósito conmigo?”. El cuestionamiento a Dios parte de la idea de que estamos aquí porque Dios tiene un plan para todos. Por supuesto esto es algo que no está claro para todo el mundo, lo que provoca que los espectadores interioricen la escena y se hagan las mismas preguntas. Y aunque no lo dice textualmente como Hamlet, termina por reprocharle a Dios la crisis que enfrenta de estar o no estar, luchar entre permanecer o ser aceptado. El dilema se vuelve una imagen simbólica cuando el actor se cuestiona “¿Dios o el teatro?”, quedando solo iluminada la imagen de Jesús, ahora visible en el extremo derecho de la pared y el espejo del camerino al lado izquierdo.
El sofá, casi como protagonista de la escenografía, es resignificado una vez más, adentrándonos en el juego de la convención de que es una cancha de futbol, mientras que el ropero simula ser el equipo. Se incorpora el elemento de la música, la cual más allá de ambientar la escena, desempeña la siguiente función dramatúrgica: La canción "La copa de la vida”, de Ricky Martin, busca darle continuidad a la metáfora de Caín y Abel, además de proporcionarle un sentido profundo a la nueva escena. La cual nos muestra como el actor empieza una búsqueda incansable por devolverle el sentido a su vida y que al igual que la historia de Caín y Abel, “La vida es un partido cruel” pero no podemos dejar de luchar para ser los vencedores.
Esta historia de la competencia deportiva puede ser vista como una representación simbólica, una analogía de las luchas humanas, los conflictos internos y la relación entre el ser humano con el otro.
Después de ser golero y posteriormente ser objeto de burla porque los de su propio equipo lo perciben como un fracasado que no es capaz de tener éxito ni en el teatro y mucho menos en el fútbol, las luces bajan hasta que el escenario queda casi a oscuras, dejando visible solo la silueta del actor, el cual baila tango en la oscuridad y luego parece tropezar con las cosas que se cruzan en su camino. Una escena que muestra perfectamente cuan solo y perdido se siente el personaje, entonces el espejo del camerino se enciende como si fuese la única luz que ilumina su camino, la esperanza.
En la siguiente escena, el sofá se convierte en la platea, el actor utiliza el espejo para ponerlo sobre el sofá frente al público, transportando a este de una manera peculiar y poco convencional al escenario; el ropero se transforma en una entrada al teatro y el actor interpreta a un personaje estereotipo del público, ese espectador parlanchín y ruidoso, cuyo vestuario es un impermeable. La escena representa una crítica a ciertos comportamientos del público en el teatro, como la falta de respeto hacia los actores o la distracción que causan. Mientras que el uso del impermeable podría simbolizar la insensibilidad, inaccesibilidad o desconexión emocional, sugiriendo que está protegido de las emociones o experiencias que la obra intenta transmitirle.
En torno al vestuario, desde el principio se muestra como el actor se despoja de un vestuario diferente cada vez que cambia la escena, dándonos esa sensación de que los vestuarios son como las diferentes capas de una cebolla, de las que se despoja hasta quedar el corazón, en este caso, el actor. Al mismo tiempo me es imposible no interpretar estos cambios de escenas con historias diferentes pero entrelazadas, como una metáfora de “La Divina Comedia”, historia que narra el viaje del alma de su propio escritor, Dante Alighieri, a través del infierno.
Cada escena podría representar un círculo del infierno, con el actor enfrentando diferentes desafíos o situaciones que simbolizan los pecados y las penas. A medida que el actor se despoja de los vestuarios, también se puede interpretar como un proceso de purificación o despojo de las capas de falsedad para revelar la verdadera esencia del alma, similar al viaje de Dante hacia la redención.
En la escena final, cuando termina la pelea del actor con el personaje de Ricardo III, simboliza la confrontación final del alma consigo misma, enfrentando su verdad más profunda y asumiendo la responsabilidad por sus acciones.
Ya para finalizar, he de decir que me quedo con la imagen de ese actor que defiende la honestidad al momento de interpretar y critica el tipo de formación que promueve el saber mentir como método de actuación, convirtiendo a las “futuras generaciones en máquinas reproductoras de un teatro muerto”. Dicho en palabras del mismo texto “Si lo que hacés no te atraviesa, no te pasa nada, ¿Qué pretendes que sientan los espectadores? ¿Para qué ir al teatro si no es para creer? No sé, y quizás sea para enfrentarte a tus propios demonios”.