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El milagro en la comunidad de la oscuridad

  • Foto del escritor: Clifford Mariano Grant García
    Clifford Mariano Grant García
  • 29 mar 2024
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 7 may 2024


Dramaturgia de Chiqui Vicioso Dramaturgia de Reynaldo Disla.


El teatro, como forma de arte, posee complejidades que hacen sumamente difícil tratar de asirlo utilizando manos rígidas. Dicho de otra forma, siempre existirá la posibilidad de ser testigo de la aparición de nuevas formas de expresión teatral que, probablemente, quedarían fuera del campo previsto en cualquier definición “cerrada” del mismo.


Es por ello que asumiría la misma postura que el maestro Reynaldo Disla, al considerar una perspectiva mucho más amplia y hasta cierto punto más integradora.


Asimismo, considero el análisis de las experiencias comunes y similares de otros grupos, países, regiones, conglomerados sociales como uno de los ejercicios más constructivos que una persona inmersa en cualquier práctica artística debería, como mínimo, realizar para documentarse.


Fuera de la pretensión amateur de pensarse a uno mismo como “el gran descubridor de nuevas formas” (cosa que en realidad rara vez ocurre en vista del camino que ya hemos transcurrido como humanidad), el mostrar una actitud más ecuánime nos permitiría entender “la disciplina del aprendizaje continuo”.


No deja de ser cierto que, a pesar de las características particulares que cada cultura puede presentar, formamos al mismo tiempo parte de una realidad cultural regional que nos rebasa y en la que podemos encontrar grandes paralelismos que nos nutrirán y que nos darán acceso a la gran conversación cultural sobre el teatro.


Me identifico con la “calidad”, al que alude María Castillo, como principio máximo al cual nos ha de conducir un control estricto y disciplinado de la actividad, de la labranza; es decir, asumir el compromiso de la creación y la actuación con la seriedad y respeto que el espectador merece.


Chiqui Vicioso en su paradigma ideológico coloca al teatro como “el arte del pueblo” o arte que, por sus características, ha de exaltar las pasiones y los sentimientos más íntimos y profundos del mismo. Me aparto de dicho paradigma pues opino que otras formas de expresión podrían competir o incluso ocupar a justo título dicho puesto, sobre todo por un insalvable problema de difusión y la necesidad de presencia propia del arte teatral.


Hoy en día es innegable el impacto de la difusión de las artes visuales y audiovisuales a través de todo aparato con pantalla. Muchas veces es la única forma de “actuación”, de recreación ficcional de las narrativas teatrales que una persona conocerá en su entorno.


Como tal, y si bien he de compartir el carácter romántico de acudir a una sala de teatro a apreciar y ser deleitado, a repetir una vez más el rito primigenio de sentarme ante la oscuridad, que la menguante luz de una fogata, un farol o un proyector combate, la posición de “arte del pueblo” ha sido usurpada por otros medios.


Por otro lado, la autora hace gran hincapié en la metáfora como característica central del teatro. Al pronunciarse en tal sentido parecería rondar la dimensión poética, la poética teatral que se entiende, forma parte de la práctica teatral.


A pesar de ello, considero a la metáfora como un elemento eminentemente lingüístico que de alguna forma limitaría el universo de fenómenos que entran en juego en el teatro. La textualidad, desde mi perspectiva personal, es tan solo una cara de una figura de muchos lados, pero que al mismo tiempo no ha de depender de la misma.


De ser así, el mismo hecho de la interpretación improvisada, quedaría fuera de las posibilidades teatrales. No niego, sin embargo, que sea probablemente uno de aquellos elementos más importantes de la práctica, y que toda obra de calidad ha de abordar, utilizar, y construir sobre la base de la misma. De por sí, que el teatro es en sí mismo una dislocación o exageración de una acción, nunca se trata de una recreación literal. Este último caso lo reduciría a un mero reporte de hechos.


Podría sintetizar mi posición sobre los puntos de este ejercicio dialéctico de la forma siguiente:

El teatro es un arte que se manifiesta corporal, verbal e intelectualmente, ante muchas culturas y muchos lugares, de manera simultánea. No podemos dejar de lado esta verdad ni vivir de espaldas a lo que ocurre a nuestro rededor nacional, próximo e incluso lejano. De por sí, la conexión del teatro elimina toda distancia física, geográfica, espiritual o social, uniéndonos en la comunidad de la oscuridad. Siendo este efecto unificador más efectivo cuando mayor calidad tiene la obra. Es por ello que “calidad” ha de ser el criterio máximo del dramaturgo, del teatrista, del director, del actor, en definitiva, todo aquel que hace el milagro del teatro posible.


Posible, aunque tenga que competir por la atención con otros medios, con otras formas de artes, con las vanas distracciones de las pantallas. El milagro consiste en gran medida en evocar, en presentarnos la realidad utilizando la metáfora como forma de relacionar aquella experiencia común cotidiana con aquello que nos muestra el teatro, aquella idea difusa, pero reconocible en su sentido. Aquello que se parece tanto a nosotros mismos desde fuera, desde el pasto vecino.




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